- Grupo Etapas
- septiembre 22, 2025
- Adultos
Aprendiendo a habitar la frustración
Cuando las cosas no salen como quisiéramos
La vida, con sus giros inesperados, a veces nos enfrenta a momentos en los que nada resulta como lo habíamos imaginado. Proyectos que no prosperan, planes que cambian, conversaciones que no fluyen, esfuerzos que parecen no dar fruto. Es natural que en esos instantes aparezcan la frustración, la tristeza o la rabia.
La mayoría de nosotros hemos aprendido que deberíamos “superarlo rápido” o “pensar en positivo”. Sin embargo, sabemos que forzarnos a eliminar estas emociones suele aumentar nuestro malestar. Lo que sí podemos hacer es cultivar habilidades para habitar esos momentos con mayor flexibilidad y cuidado hacia nosotros mismos.
1. Reconocer lo que sentimos, sin juzgarnos
El primer paso es ponerle nombre a lo que está pasando adentro: “me siento frustrado”, “esto me duele”, “me enojo porque quería que fuera distinto”. No se trata de dramatizar, sino de dar espacio a la experiencia emocional. Nombrar lo que sentimos abre un pequeño respiro entre la emoción y la reacción automática.
2. Recordar que la frustración es parte del camino
La frustración es la distancia entre lo que deseamos y lo que realmente ocurre. Esa distancia, aunque incómoda, forma parte de la vida y del aprendizaje humano. Nos recuerda que no todo está bajo nuestro control, y a la vez nos invita a crecer en paciencia, creatividad y resiliencia.
3. Volver al cuerpo y al momento presente
Cuando estamos atrapados en pensamientos del tipo “no debería ser así” o “todo salió mal”, el malestar se intensifica.
Una estrategia sencilla es volver al cuerpo:
respirar profundo,
estirar suavemente,
caminar unos minutos en silencio,
o simplemente tomar contacto con el entorno (el aire, los sonidos, los colores).
Esto no resuelve el problema, pero nos ancla en el presente y nos da más espacio para responder en lugar de reaccionar.
4. Preguntarnos: ¿qué es lo valioso aquí?
Esta pregunta nos invita a mirar más allá del malestar inmediato y conectar con lo que realmente importa.
Podemos preguntarnos:
“¿Qué me enseña esta situación sobre lo que valoro?”
“¿Qué tipo de persona quiero ser incluso en medio de esta frustración?”
A veces la respuesta es elegir la paciencia, la cuidado hacia otros, o la persistencia en aquello que es significativo, aunque cueste.
5. Practicar la autocompasión
La autocrítica suele aparecer rápido: “tendría que haberlo hecho mejor”, “soy un fracaso”. Frente a eso, podemos ensayar otra respuesta: tratarnos como trataríamos a alguien a quien queremos mucho. Un gesto de autocompasión puede ser decirnos:
“Es humano equivocarse, me duele, pero no estoy solo/a en esto”.
Un mensaje para llevar
La frustración no es un obstáculo a eliminar, sino un territorio a habitar con amabilidad y flexibilidad. Cada vez que nos permitimos sentir, respirar y volver a elegir desde lo que valoramos, estamos fortaleciendo un músculo interno: el de la tolerancia, la resiliencia y la confianza en que, aunque las cosas no salgan como quisiéramos, seguimos teniendo la posibilidad de decidir cómo caminar ese tramo del camino.



